Flotando en el mar Muerto

Ha llegado el momento de ver el famoso mar Muerto. Desde que llegué a Israel, oigo a todos los compañeros de albergue y demás viajeros hablar sobre esta parte del país, situada entre los Territorios Palestinos, Israel y Jordania, cerca de Qumrán (donde se escribieron los Manuscritos del Mar Muerto o Rollos de Qumrán) y de Masada (el último foco de resistencia judía en la guerra judeo-romana antes de caer ante Tito), lo que no ha hecho más que multiplicar mis ganas de ir.

No he traído bañador y he dejado la mayor parte de equipaje en Belén para moverme ligera solo con lo imprescindible durante unos días, así que tendré que apañármelas si quiero flotar en las aguas de este mar conocido en la Biblia como mar salado, mar del Arabá (el Arabá, que significa“lo que es árido o aun desechado”, representa una de las divisiones naturales de Palestina; los israelitas paraban aquí en sus peregrinajes por el desierto), mar de la llanura y también mar oriental. De hecho, la primavera por aquí no está resultando tan calurosa como esperaba. Hasta ahora he tenido más frío que calor, así que ya veremos si podré siquiera mojarme los pies.

Como seguro imagináis, la oferta de excursiones organizadas hacia la zona es poco menos que ilimitada, pero como este pretende ser un blog para viajeros independientes, sin más ataduras que las de la subsistencia diaria y las que uno mismo se imponga, el siguiente paso lógico ha sido ir a la estación central de autobuses de Jerusalén, comprar un billete a Ein Gedi (bus nº 486, parada nº 5; 37,5 NIS [unos 7,5 EUR]), y ponerme nuevamente en marcha.

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El oasis Ein Gedi (“ein” en hebreo significa fuente y “gdi” cabra pequeña; es decir, pequeño manantial) está situado en la ribera oeste del mar Muerto, en medio del paisaje desértico del llamado desierto de Judea por los judíos y al que los palestinos conocen como desierto de Jerusalén (según acaba de puntualizar mi amigo Ramzi mientras escribo esta entrada).

La hora y media larga de viaje se hace entretenida. Me distraigo mirando a la gente que sube y baja del vehículo sorprendida por ser la única extranjera a pesar del destino, lo que explica la proliferación de excursiones organizadas de las que os hablaba.

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La señora que está sentada a mi lado va señalándome esto y aquello a través de la ventana: unos camellos paseando tranquilamente por la arena, vendedores ambulantes atrincherados en sus puestos de carretera a la espera de clientes, paradas imaginarias repletas de gente esperando en medio de la nada… He subido al autobús que lleva a otro mundo, y no es la primera vez que tengo esta sensación en el tiempo que llevo en estas tierras.

A la una de la tarde parece que he llegado a mi destino. Mis nuevos amigos y compañeros de transporte público así me lo hacen saber y entre saludos y agradecimientos me apeo del autobús. Estoy en pleno desierto, arena a uno y otro lado de la larguísima carretera, colores ocre bellísimos, temperatura claramente superior a la de Jerusalén, cielo de un azul intenso, enfrente un poste que señala la parada del bus. Luego, nada. Un paisaje absolutamente irreal que, extrañamente, me llena de emoción y energía.

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Ando un rato hasta encontrar unas palmeras; es el área pública (léase gratuita) del oasis desde el que, por primera vez, veo el mar Muerto.

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“Bienvenidos a la playa de Ein Gedi”

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Paso por delante de una garita en la que un joven judío está leyendo a Descartes. Deja un momento al filósofo para, con una sonrisa, indicarme cómo descender hasta la playa.

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Sigo andando hasta encontrar una baranda desde la que, a modo de mirador, se asoman un par de hombres, y entonces sé que he llegado.

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Las instrucciones para los bañistas están en tres idiomas: hebreo, inglés y árabe
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*NO salte al agua ni bucee *Cuando sea posible, entre en el agua desde el muelle *Avance hasta que pueda acuclillarse y luego estírese sobre la espalda con suavidad *NO introduzca la cabeza en el agua *NO se eche  agua encima ni a otros *NO beba agua de mar (si traga agua, pida ayuda al vigilante o a primeros auxilios) *Beba agua potable regularmente

Unas escaleras me llevan hasta una playa raquítica y pedregosa bañada por las aguas más saladas del mundo, que ocupan el punto más bajo de la Tierra (416 metros bajo el nivel del mar).

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“-416, el punto más bajo del planeta”

El mar Muerto recibe un promedio diario de 6,5 millones de toneladas de agua del río Jordán (el único río importante que en él desemboca) y otros tributarios. Sin embargo, la evaporación es tan grande que el nivel de sus aguas permanece más bien constante, elevándose solamente de 3 a 4,5 metros sobre su nivel normal después de una temporada de fuertes lluvias.

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Como no tiene salida, el agua retiene todos los minerales y, en consecuencia, es tan salada que hace imposible hundirse, anulando además toda posibilidad de vida (de ahí su nombre).

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Me siento en las rocas mientras me las ingenio para cambiarme de ropa sin dar un espectáculo a los mirones de arriba. En la mochila llevo unas mallas y un top de deporte que, junto a las chanclas de goma (me es imposible andar descalza con tanta piedra) y la complicidad de una toalla colocada estratégicamente, completarán mi modelito playero.

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El baño me ha sentado genial: el agua, saladísima, está a una temperatura perfecta; la playa, a pesar del engorro de las piedras, es tranquila y cálida. Lo que me ha hecho disfrutar como una niña ha sido, claro, el no poder controlar mis movimientos en el agua, ya que hiciera lo que hiciera era una derrota anunciada frente a la fuerza que me empujaba siempre a la superficie.

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Les pedí a unas chicas que andaban por ahí embadurnándose del barro de la laguna salada (dicen que tiene propiedades muy beneficiosas para la salud) que me hicieran alguna foto que diera fe del remojón. Misión cumplida .

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“Id en paz”

En autoestop improvisado (ni siquiera tuve que hacer la señal en la carretera, sino que un vehículo se me ofreció directamente) llego al lugar en que se encuentra el albergue que figura en la guía. Aunque había pensado que no estaría mal pasar la noche en Ein Gedi y poder así quitarme de encima la ropa mojada, no tuve suerte; en el albergue, los dormitorios compartidos estaban completos y el precio de la única habitación privada que quedaba se disparaba. Lástima.

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El albergue en el que no pude alojarme

Vuelvo pues a la parada perdida en algún punto del desierto a esperar el bus que tenga a bien recogerme y devolverme a Jerusalén.

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2 comentarios

  1. Carme! Quin viatge més xulo! M’encanta veure que estàs tan animada i guapíssima! Et senta superbé el canvi d’aires! ^.^ M’encantes! Espero que ens poguem veure aviat en algún cantó del món! Molts petons de xocolata amb llet de Lausanne!

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    • Aix, què guapa que ets, moltes gràcies pel missatge. A mi també m’encanta que tot et vagi tan bé per Lausanne 🙂 De fet, n’estava segura, tot encaixava a la perfecció. Petonets, i seguim -com sempre- en contacte.

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