En la Tarragona romana (3): el pont del Diable

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Tengo el recuerdo de estar contándole a mi madre que al día siguiente nos íbamos de excursión con la escuela. Estábamos sentadas en la cocina, ella me escuchaba atenta, con ojos amables y una ligera sonrisa dibujada en sus labios seguramente por el ingenuo miedo que debió de intuir en mí al decirle que íbamos a un puente en el que seguro nos esperaba el diablo.

Han pasado un montón de años y desde esa salida en mi época de Primaria no había vuelto al pont del Diable. Aproveché la visita a la vecina cantera del Mèdol de hace unos días para reencontrarme cara a cara con el puente que me hubiera provocado una noche de desvelo de no ser, como tantas otras veces sucedería en mi vida, por las explicaciones y el cariño de mi madre, que supo tornar el temor en sana curiosidad.

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El monumento que se conserva hoy en día es una pequeña parte del trazado del acueducto que transportaba el agua del río Francolí a Tarragona

Una de las preocupaciones de los romanos, dada la importancia de Tarraco (el asentamiento romano más antiguo de la Península Ibérica, fundado durante la segunda guerra púnica por Cneo Cornelio Escipión Calvo y convertido en la capital de la provincia romana Hispania Citerior o Hispania Tarraconensis durante el Imperio Romano), fue la de construir una red estable de suministro de agua que garantizase un nivel adecuado.

El pont del Diable, también llamado aqüeducte de les Ferreres por estar situado en la partida del mismo nombre, formaba parte de este conjunto de conducciones que abastecía de agua la antigua Tarraco. Aunque no se dispone de datos lo bastante fidedignos que permitan saber con exactitud la fecha de construcción, es muy posible que fuera durante el mandato del emperador Augusto (del 63 a. C. al 14 d. C.) o en la primera mitad del siglo I d. C.

El puente está construido a base de sillares almohadillados de piedra local muy bien escuadrados y unidos en seco (es decir, sin utilizar mortero). El canal por el que circulaba el agua discurre por la parte superior de la construcción y conserva restos del revestimiento original así como de las sucesivas restauraciones llevadas a cabo a lo largo del tiempo.

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El antiguo canal por el que circulaba el agua puede hoy ser recorrido a pie de punta a punta

Es uno de los acueductos más monumentales de la época romana y el más importante de Catalunya. En 1905 fue declarado Bien Cultural de Interés Nacional y en el año 2000 Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO como parte del conjunto arqueológico de Tarraco. Seguidamente a la adquisición del terreno por parte del ayuntamiento de Tarragona, en 2005 se inauguró el Parc ecohistòric del pont del Diable con el fin de preservar el monumento y su entorno natural.

Parece ser que la relación del diablo con los puentes viene de lejos porque no es esta la única construcción de este tipo bautizada con el nombre del «malo malísimo»: en la isla de Torcello (Italia), el ponte del Diavolo cuenta una historia de amor truncada con una bruja, un gato y, por supuesto, el demonio [lee la entrada del blog]; mientras me informaba para escribir esta entrada, he sabido que en Martorell existe otro pont del Diable; y, ya fuera de nuestras fronteras, parece que otro en México.

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Algunos datos: el acueducto tiene unos 217 metros de longitud y una altura máxima de 27 metros; consta de 2 pisos de arcadas superpuestas; la fila superior presenta 25 arcos y la inferior 11; los arcos, en donde no tienen que adaptarse a los desniveles del barranco, poseen una altura de 5,70 metros y un ancho de luz de 6,30 metros; la distancia entre ejes es de casi 8 metros, con un grosor de la vuelta de 1,86 metros

Circulan varias versiones de la leyenda del pont del Diable. La que sigue, a pesar de no ser muy conocida, me parece interesante por ser genuinamente de Tarragona (recogida en el libro Llegendes històriques de Tarragona, Amadeu-J. Soberanas y Jordi Tous i Vallvè, El Mèdol, 2002).

En Tarragona vivía un jugador empedernido en mala racha perpetua. Desesperado tras haber perdido todo lo que tenía, invocó al diablo y le ofreció su alma a cambio de hacerle ganar siempre y recuperar todo lo que había perdido. El diablo aceptó el trato, pero Dios, creador y dueño de todas las almas, se interpuso entre ambos increpando al jugador por disponer de lo que no era suyo. Como contrapartida, retó al diablo a que construyera, dentro de exactamente un año y en una sola noche, un puente de piedra tan grande como le indicara. Si no lo conseguía, no obtendría el alma del desdichado jugador.

El diablo aceptó a regañadientes, comprometiéndose a construir el puente en el lugar indicado por Dios, entre el mas Pastor y el mas dels Arcs, al lado del camino que conduce al municipio de Valls. Al cabo de un año se puso manos a la obra, como habían acordado; cortaba las piedras que encontraba por los alrededores como un loco y, para ahorrar tiempo, las unía sin argamasa, justo para que la construcción se mantuviera de pie hasta el amanecer.

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Ya casi había terminado la obra, solo le quedaba por colocar la última piedra a la derecha del monumento (hoy todavía se nota esta deficiencia), cuando el gallo del mas dels Arcs se puso a cantar saludando al sol. El diablo, sucio y extenuado, al oír al gallo y ver el sol lanzó la piedra al suelo al tiempo que soltaba la más terrible de las blasfemias y huía a toda prisa para que Dios no lo alcanzara.

La versión más conocida, la que mis profes nos explicaron en aquella primera visita, era algo diferente: El maestro constructor de obras estaba levantando el puente y un vendaval se lo llevó. Muy enfadado, el hombre gritó que únicamente el diablo podría construir un puente que durara mil años, así que se le apareció Satanás garantizándole que esa misma noche construiría un puente que no sucumbiese ante nada. A cambio, le pidió el alma del primero que bebiera del agua que fluiría por el puente. Parece ser que el ingeniero era un hombre perspicaz, e hizo que un burro fuera el primero en acercarse a la acequia justo cuando empezaba a bajar agua. El animal bebió, y el Diablo tuvo que conformarse con poseer su alma.

Cualquiera que sea la versión, está claro que la historia siempre va de buenos y malos, de almas perdidas, vendidas o robadas con más o menos éxito. Imagino que antiguamente la espectacularidad de estas construcciones se explicaba más fácilmente con cierta dosis de magia y elementos sobrenaturales que, encima, enseñaban una lección. En mi caso, aprendí la mía porque aun hoy sigo recordando esa visita al pont del Diable.

 

*


♦ MÁS INFO:

Cómo llegar

→ Por la carretera de Lleida (N-240, dirección Valls), a escasos cinco minutos del centro de Tarragona, exactamente cuatro kilómetros al norte, el desvío hacia el monumento romano está perfectamente señalizado y no tiene pérdida. En este caso, es obligatorio dejar el coche en un aparcamiento habilitado para visitantes y acercarse a pie por un agradable entorno ajardinado que también ha sido rehabilitado, incluida la casa del guarda.

→ También es posible contemplarlo desde el área de descanso de la autopista AP-7 (dirección Castellón) a la altura de Tarragona ciudad e incluso adentrarse en el bosque por un camino de tierra y arbustos que desemboca a los pies del acueducto.

→ Las líneas 5 y 85 de autobuses urbanos de Tarragona también llegan al puente.

 

Esta entrada forma parte de la serie titulada «En la Tarragona romana», que sigue en construcción

En la Tarragona romana (1): la villa de Centcelles

En la Tarragona romana (2): la cantera del Mèdol

En la Tarragona romana (3): el pont del Diable

En la Tarragona romana (4): el arc de Berà

 

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