A modo de introducción: Jerusalén, ayer y hoy

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Se dice que, en la antigüedad, el mundo tenía diez medidas de belleza y nueve se encontraban en Jerusalén. Más de 3000 años después de que David hiciera de la ciudad su capital, esta sigue conservando la capacidad de emocionar y avivar la imaginación como ninguna otra ciudad del planeta. Y es que Jerusalén es única.

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Vista de la ciudad amurallada bajo su típica luz dorada | Jerusalén ha recibido distintos calificativos: Ciudad de Oro, Ciudad Santa, Ciudad de David o, a pesar de ser una ciudad en permanente combate, Ciudad de la Paz

Los seguidores de las tres principales religiones monoteístas del mundo exigen tener voz en el futuro de la ciudad. Si para los judíos Jerusalén representa el epicentro nacional y espiritual, la encarnación del antiguo Israel, el lugar en que Abraham fue a sacrificar a Isaac, el de la gloria de David y el Templo de Salomón, para los cristianos es la ciudad en que Jesús pasó sus últimos días en la tierra, el lugar de la Última Cena de Cristo, de su Crucifixión y Resurrección. Para los musulmanes, a su vez, es al-Quds («la sagrada»), el lugar donde se dice que Mahoma ascendió a los cielos en su corcel; de hecho, es la tercera ciudad santa del islam, después de la Meca y Medina (ambas en Arabia Saudí).

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Un fraile franciscano en plena conversación en el barrio musulmán de la Ciudad Vieja
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Tienda de juegos de mesa
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Mercados, santuarios, tiendas, ruinas, hoteles, templos, sinagogas, iglesias y mezquitas se mezclan sin cesar en Jerusalén
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Los zumos recién exprimidos son deliciosos 

El ritmo de la vida cotidiana está dominado por la oración, por lo general canalizada por comunidades religiosas muy cohesionadas. Si el viernes es el día sagrado para los musulmanes y el domingo para los cristianos, el sábado lo es para los judíos quienes celebran el shabatt desde el atardecer del viernes a la salida de las primeras estrellas del sábado. Durante estas horas, la ciudad se paraliza completamente: no funciona el transporte público, las tiendas están cerradas y las calles vacías.

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Judíos ortodoxos volviendo de la oración

Como sede del Gobierno e importante centro académico y de altas tecnologías, Jerusalén es una urbe moderna, cosmopolita y vibrante.

Desde el aspecto físico, la ciudad es en realidad muchas ciudades en una, de casi 700 mil residentes. La parte moderna se extiende hacia el oeste, norte y sur, y está mayoritariamente habitada por judíos.

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Centro comercial Mamilla
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Vista nocturna de una de las partes modernas de la ciudad
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Zona de ocio del centro

En muchas zonas residenciales conviven judíos laicos, tradicionales y ortodoxos. Mientras tanto, los judíos ultraortodoxos, con una elevada tasa de natalidad, han desbordado desde Me’a She’arim —el barrio ultraortodoxo del centro— hasta Sanhedria y grandes barrios nuevos en el norte de Jerusalén.

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Grafiti en los muros cercanos a Jerusalén Este
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En la ciudad no faltan bares de copas que abren hasta tarde

La mayor parte del Jerusalén Este de la antigua «línea verde» —que lo dividió desde 1948 hasta 1967 (durante la época que fue Jordania)— sigue siendo árabe, aunque muchos barrios han vuelto a quedar separados de la Jerusalén judía por el tristemente conocido como «muro de la vergüenza» al que los israelíes siguen llamando «valla de seguridad» para prevenir lo que consideran actos de terrorismo.

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Puerta de comercio en Jerusalén Este un viernes por la mañana

En el centro de la capital se encuentra la Ciudad Vieja, rodeada por sus antiguas murallas doradas, donde se reúne gran parte de la Jerusalén histórica y sus santuarios. También esta parte estuvo en manos jordanas hasta 1967.

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Las murallas de la Ciudad Vieja

Tras la victoria en la guerra de los Seis Días, los israelíes se anexionaron la Ciudad Vieja y Jerusalén Este, aunque el mundo los considera territorios ocupados; de hecho, la anexión de Jerusalén Este, en 1980, no ha sido reconocida por ningún país.

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En el mirador del Muro de las Lamentaciones
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El Muro de las Lamentaciones, la Cúpula de la Roca y la entrada cubierta que conduce a la Explanada de las Mezquitas (rampa elevada), controlada por el ejército israelí
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Jóvenes israelíes cumpliendo el servicio militar
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Cargando, como siempre, el arma

La capital de David

Los elogios a la ciudad solo sirvieron para hacerla más atractiva a ojos de los conquistadores, por lo que Jerusalén fue objeto de repetidos sitios y conquistas.

En parte, eso se debió a su situación estratégica en una ruta comercial vital, en la encrucijada entre oriente y occidente. Sin embargo, resulta irónico que más adelante fuera la santidad de la ciudad lo que motivara la constante ferocidad de los aspirantes a paladín.

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Una calle de Jerusalén centro

Jerusalén surge, según la Biblia, durante las migraciones de Abraham desde Ur a Canaán. Allí le dio una calurosa bienvenida Melquisedec, rey de Salem, «sacerdote del Dios Altísimo». Los israelíes ya estaban instalados en los montes de Judea cuando David arrebató la ciudad a los jebuseos alrededor del año 1000 a. C. Al construir un altar para el Arca de la Alianza en la cima del monte Moriá (el monte al cual, según el Génesis, subió Abraham con su primogénito Isaac para sacrificarlo a Dios), convirtió la ciudad en su capital y rebautizó Jerusalén como «la Morada de la Paz».

Los 35 años bajo el mandato de David y los siguientes 40 con Salomón trajeron el esplendor a la otrora modesta ciudad fortificada. Allí donde se hallaba el altar de David fue la ubicación del magnífico Templo de Salomón, que incluía la tan codiciada madera de cedro del Líbano, el cobre de las minas de Timná (valle situado al sur de Israel) y una amplia variedad de ricos metales y esculturas talladas. La ciudad se embelleció con la riqueza de un imperio en expansión.

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Los dátiles, típicos de la zona, son deliciosos

Alrededor del año 926 a. C., el rey Salomón murió y, en ausencia de su autoridad, el reino se fragmentó en dos con sus sucesores, aunque Jerusalén siguió siendo la capital del reino meridional de Judá. En los siglos siguientes, el reino sucumbió al control expansionista de los asirios y al saqueo y posterior expulsión de sus habitantes por parte de Nabucodonosor de Babilonia (586 a. C.). Regresaron cerca de 50 años después bajo el gobierno de Ciro el Grande de Persia y, enseguida, se pusieron a construir el Segundo Templo.

Los griegos y romanos

La conquista de Jerusalén dirigida por Alejandro Magno en el año 332 a. C. fue el inicio de una breve helenización de la cultura judía en la ciudad. En 198 a. C., los seléucidas (el estado sucesor del Imperio de Alejandro Magno) tomaron el control. Privados de derechos religiosos, los macabeos encabezaron un levantamiento judío que resultó en victoria y Judea regresó a manos judías, además de extender su territorio.

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Cartel indicador de comercios en una bocacalle de Jerusalén centro

Los asmoneos sucedieron a los macabeos en el gobierno de Judea y, tras ellos, llegó Roma (63 a. C.) con los ejércitos conquistadores del general romano Pompeyo. En el 40 a. C., el senado romano confirió el poder a Herodes el Grande y lo envió a Judea; durante su reinado, su comportamiento enloquecido era solo comparable a sus ciclópeas construcciones, sobre todo la expansión del Segundo Templo, que fue construido por 10 mil obreros y 1000 sacerdotes, y se tardó ocho años en acabar el patio y otro par en finalizar el Templo en sí. Cuando se terminó, fue considerado una de las maravillas del mundo.

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Una de las primeras cosas que busco al llegar a una ciudad nueva es un buen café, y en Jerusalén ¡lo hay!

Jerusalén seguía siendo una ciudad judía gobernada por Roma cuando el procurador Poncio Pilatos ordenó la crucifixión de Jesús en el año 30 a. C. Las administraciones romanas, cada vez más insensibles, fueron retadas por la revuelta judía del año 66 d. C., detenida cuatro años después por Tito, quien arrasó Jerusalén y saqueó el Segundo Templo. El decreto del emperador Adriano para reconstruir la ciudad desde cero según un proyecto romano y llamarla Aelia Capitolina fue el detonante de una segunda rebelión, pero la revuelta Bar-Kojba del año 132 fue contenida y, en el 135, Adriano inició la reconstrucción de la ciudad y prohibió la entrada de judíos a su interior.

La conquista del cristianismo

La gran cristianización de Jerusalén se inauguró en el siglo IV con el emperador bizantino Constantino; en el siglo VII, la ciudad cayó en poder del califato islámico, y en 1099 quedó en las sangrientas manos de los cruzados durante unos 80 años. Fue el emperador otomano Solimán quien reconstruyó sus murallas desde el año 1537 hasta el 1541. Tras su muerte y hasta la época moderna, Jerusalén cayó en la decadencia.

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Falafel y humus acompañados de pan pita y ensalada árabe, la comida más típica
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Los puestos de comida de todo tipo llenan la ciudad

Todavía hoy, las murallas de Solimán siguen siendo el monumento más impresionante de la variopinta historia de la ciudad. Desde diversos puntos de su extensión se puede ascender hasta el restaurado Ramparts Walk (paseo de las murallas), que atraviesa todos los circuitos menos el del monte del Templo.

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Subida al paseo de las murallas
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El Ramparts Walk

Tras la puerta de Jaffa, que es la entrada principal a la Ciudad Vieja desde Jerusalén Oeste, se alza la famosa ciudadela o Torre de David. Construida por Herodes, era tan impresionante que Tito la dejó en pie tras quemar la ciudad.

En la actualidad, acoge el museo de la historia de la ciudad, muy recomendable antes de empezar a recorrerla.

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Entrada al museo Torre de David
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Exterior del museo

Es difícil transmitir el espíritu de este complejo lugar: la pátina de oro de la Cúpula de la Roca, la vista desde el monte de los Olivos al atardecer, la variedad de sus casas y colinas, las reflexivas y orgullosas miradas de sus habitantes y el extraño aunque hermoso eco de las oraciones de todas las religiones que, intercalándose,  envuelven las murallas de la ciudad, barridas por el viento día y noche.

 


Para seguir leyendo sobre Jerusalén:

Las 8 puertas de Jerusalén: ocho puertas que rodean cuatro barrios

 

 

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